UNA COLUMNA DIFERENTE
Por José Juan “Seju” Gari
Enero de 2026
La columna anterior fue a la que más tiempo y esfuerzo le dediqué. Disfruté mucho haciéndola porque conecté con lo que su productor, Pipe Stein, quería transmitir. Me obsesioné con los temas de fondo y sentí la necesidad de cuidar al detalle lo que escribiera. Que cada frase, cada coma, cada punto, tuviera su razón de ser. Que me representara.
Según el archivo Word que guardé con la versión final, la terminé de armar el 29 de setiembre de 2025. Esto es, aún lejos de lo que terminaría siendo el festejo del campeonato uruguayo de rugby de Primera División. Todavía no sabía todo lo que iba a pasar en el camino a ese día, el 15 de noviembre.
Dicen que se aprende más de las derrotas que de las victorias. Yo creo que de todo se aprende. El año pasado tuvimos, en quince días, una derrota durísima y una victoria increíble. De ambas pude aprender, al igual que de otras vivencias posteriores a la última columna.
Esta edición va a ser distinta a las anteriores. La quiero aprovechar para compartir algunos de esos aprendizajes.
Octubre de 2025
Por aquel entonces, estábamos en pleno Campeonato Clausura. Después de cerrar el texto final para la edición 22 de la revista, el calendario marcaba que el plantel superior tenía que viajar a Paysandú para jugar con Trébol.
Coordiné con Panchi López para ir el propio sábado, bien temprano, como para llegar a la charla técnica pre-partido de la Pre-Intermedia. Además de ser quien acompaña a jugadores y staff de rugby como coach desde el 2024, Panchi es un gran amigo. Lo conozco desde que tuve la suerte de entrenar a la generación 92 del colegio como profesor de rugby, y tuve el privilegio de compartir cancha con él. Imposible olvidar su try de palomita en la final del 2013 en el Charrúa.
Mientras íbamos charlando se me ocurrió que Panchi era el candidato perfecto para que leyera la columna antes que se publicara. Es fubolero sin la t, hincha de Wandereres, y apasionado por los mismos temas que yo en relación al deporte y a lo que genera. Sabía que no solo conectaría con lo esencial de lo que quería transmitir, sino que además sería sincero: si había críticas o comentarios para hacer, no dejaría de regalármelos.
Ya de vuelta en Montevideo, le envié el texto que se iba a publicar. Al rato me llamó. Lo primero que me dijo fue algo así: «¡Gordo, está buenísima la columna, pero no pusiste nada del Club!» Era cierto.
Soy un apasionado de ciertas cosas, y me cuesta involucrarme en aquellas que no tienen un propósito claro o que no me generan verdadera pasión.
Pero no me gustan los fanatismos. Me generan rechazo, y suelo tomar distancia de quienes actúan desde ese lugar.
Tal como escribí en la edición anterior, el deporte está lleno de ejemplos de conductas fanáticas: acciones que dan la espalda a la lógica, entrelazadas con una pasión carente de sentido común. Quizá no fue hasta escuchar los episodios de Vayas a Donde Vayas que empecé a identificar que, para mí, lo negativo del “fanático” de un club solía imponerse sobre lo positivo, sobre aquello que sí me representa
Por todo eso, la reacción de Panchi no me sorprendió. Al contrario, sentí que había señalado al elephant in the room: fue el temor de que se confundiera mi pasión con fanatismo lo que me hizo inclinarme por no mencionar al Club entre lo que me apasiona.
Me confirmó que para que la columna me representara plenamente, tendría que haber mencionado a Old Boys entre las cosas que me apasionan. Me quedó como un pendiente.
Noviembre de 2025
Final del Clausura.
Felizmente, no es la primera vez que me toca ser parte del staff del plantel del Club en partidos definitorios en el Charrúa. A pesar de eso, desde que dejé de jugar al rugby, no recuerdo haber estado tan ansioso en la previa a un partido como lo estuve en la previa a la final del Clausura.
Me tomé el día con toda la calma que pude. Llevé a Josefina, mi hija mayor, a clase de música. Fui a desayunar con Juanchi, mi hijo menor. Almorzamos en casa y me fui a nadar a primera hora de la tarde. Nunca hago deporte a esa hora, pero sentí que necesitaba bajar la ansiedad para poder estar lo mejor dispuesto posible durante el partido.
No fui a la sede antes de ir al Charrúa. Siendo parte del equipo, no me ayudan el ruido de la hinchada ni la conversación casual con hinchas y amigos. Prefiero no exponerme. Estar más tranquilo. Dudé si llevar a los chicos a que jugaran en los inflables en la previa y a que Mocho les regale chupetines como siempre, pero terminé optando por no hacerlo. Quería estar quieto todo lo posible hasta el momento de ir al Charrúa. A diferencia de jugadores y DTs principales, mi rol secundario en el staff me permitió tomar esa elección.
En el vestuario, la previa siempre se hace larga. Hasta llegar el calentamiento, los jugadores se vendan, estiran, escuchan música. Al capitán le toca el sorteo y a los primera línea les toca charla técnica con el árbitro. Los DTs no tenemos mucho más que hacer que no se haya hecho en la semana. Para ese entonces, ya está todo hablado, y no hay más que estar presente, transmitiendo calma y confianza sin decir palabra.
El momento que me marca que finalmente va a empezar, es el que toca ponerse el chaleco rosado de H2O que me habilita a estar en cancha y en mi caso, que mi amigo de toda la vida, Santi Mera, me haga entrega del handy para recibir indicaciones de los DTs que ven el partido desde la cabina.









