Apenas media hora después de dejar atrás el brillo incesante de Las Vegas, el paisaje comienza a transformarse de manera casi teatral. Los casinos con carteles luminosos, hoteles y avenidas interminables desaparecen en el retrovisor y, poco a poco, el desierto toma el control.
Aunque lo ideal es comenzar el recorrido temprano por la mañana —especialmente a partir de la primavera avanzada en Estados Unidos— para evitar el sol en su momento más intenso, la visita al Valle del Fuego (Valley of Fire) puede realizarse durante todo el día si se toman algunas precauciones frente al calor del desierto.
Desde Las Vegas se toma la Interestatal 15 hacia el norte y, tras unos 45 kilómetros, aparece el desvío hacia el parque. En menos de treinta minutos el contraste es absoluto: el bullicio urbano queda reemplazado por silencio, viento y una amplitud visual casi infinita.
La carretera avanza entre colinas áridas hasta que, de pronto, aparecen en el horizonte enormes formaciones de roca rojiza que parecen encenderse bajo el sol. Así comienza la visita al Valle del Fuego, el parque estatal más antiguo de Nevada y uno de los paisajes más impactantes del suroeste de Estados Unidos.
El nombre no es exagerado. Cuando el sol golpea de lleno las rocas de arenisca, el valle parece literalmente arder. Los tonos rojos, naranjas y ocres se mezclan con vetas blancas y amarillas formando un escenario que recuerda más a Marte que al desierto cercano a una de las ciudades más vibrantes del mundo.


















